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Reflexiones de Thomas Merton en La montaña de los siete círculos


(…) a los que saben algo de filosofía recomendaría el estudio de las pruebas de Duns Scoto sobre la existencia actual de un Ser Infinito, que se dan en la Segunda Distinción del Primer Libro de la Opus Oxoniense… en latín, que es lo suficientemente difícil para dar a uno muchos dolores de cabeza. Se admite generalmente que, en precisión, agudeza y alcance, esta es la prueba más perfecta, completa y concienzuda de la existencia de Dios que haya sido jamás elaborada por hombre alguno. (p. 145).

Después del latín, me parece que no hay lengua tan apropiada para la oración y para hablar de Dios como el español, pues es una lengua a la vez fuerte y ágil, tiene su precisión, tiene en sí la cualidad del acero, que le da la exactitud que necesita el verdadero misticismo y, empero, es suave, también, gentil y flexible, lo que requiere la devoción, es cortés, suplicante y galante; se presta, de modo sorprendente, muy poco a la sentimentalidad. Tiene algo de la intelectualidad del francés, pero no la frialdad que la intelectualidad toma en el francés; nunca desborda en las melodías femeninas del italiano. El español no es nunca un idioma débil, nunca flojo, aun en los labios de una mujer. (p. 421).
Dios a menudo nos habla directamente en la Escritura. Es decir, reviste las palabras llenándolas de gracias reales así que las leemos, y significados no descubiertos son súbitamente sembrados en nuestros corazones, si atendemos, leyendo con mentes que estén en oración. (p. 442).

Hay una cierta clase de humildad en el infierno que es una de las cosas peores del infierno, y que está infinitamente lejos de la humildad de los santos, que es la paz. La falsa humildad del infierno es una vergüenza abrasadora inacabable ante el estigma inevitable de nuestros pecados. Los pecados de los condenados los sienten éstos como una vestidura de intolerables insultos que no pueden eludir, camisas de Neso que les abrasan para siempre y de que no pueden desprenderse. La angustia de este conocimiento de sí es inevitable aun en la tierra, en tanto queda algún amor propio de nosotros: porque es el orgullo que experimenta el fuego de esa vergüenza. Únicamente cuado todo orgullo, todo amor propio se ha consumido en nuestras almas por el amor de Dios, quedamos liberados de lo que es el combustible de esos tormentos. Es sólo después de haber perdido todo amor de nosotros mismos en nuestro interés cuando los pecados pasados cesan de ser para nosotros causa de sufrimiento o de la angustia de la vergüenza. (p. 444).

Cuando el Espíritu Santo encuentra un alma en que puede obrar, emplea esa alma para cualquier número de propósitos; despliega ante sus ojos un centenar de direcciones nuevas, multiplicando sus obras y sus oportunidades para el apostolado hasta límites casi increíbles y ciertamente mucho más allá de la fuerza ordinaria de un ser humano." (p. 537).

(Extraído de Thomas Merton, La montaña de los siete círculos. De la tentación a la espiritualidad en una gran autobiografía, México: Promesa, 1992.)

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